jueves, julio 30, 2026
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OPINIÓN / COLUMNA DEL DIRECTOR / POR: JOSÉ MARTÍN RAMIREZ PECH

Rafa Marín: el caballo negro que reordena la sucesión en Quintana Roo

En Quintana Roo, la sucesión gubernamental ya dejó de ser un asunto de especulación para convertirse en un terreno de disputa anticipada. Aunque los tiempos formales aún no arrancan, los movimientos, los mensajes y —sobre todo— las señales desde el centro del poder comienzan a delinear quiénes suman y quiénes, pese al ruido, empiezan a restar.

En ese contexto, mientras algunos aspirantes se desgastan en campañas adelantadas, protagonizan excesos o cargan con alianzas incómodas, emerge un perfil que no se promueve a gritos, pero que avanza con el peso específico de los hechos: Rafael Marín Mollinedo.

Marín no encaja en el molde tradicional del político quintanarroense. No es producto del marketing electoral ni del oportunismo coyuntural. Su fortaleza no radica en la estridencia, sino en una trayectoria administrativa que hoy resulta particularmente valiosa para un movimiento que gobierna y que, por tanto, será evaluado con mayor severidad por el electorado.

El punto de inflexión llegó con el reconocimiento público de la presidenta Claudia Sheinbaum a su desempeño al frente del sistema aduanero nacional, donde los ingresos crecieron de manera sustantiva. En política, estos gestos no son casuales ni protocolarios: son mensajes cuidadosamente calculados. Y cuando el reconocimiento proviene directamente de Palacio Nacional, su impacto trasciende el dato técnico para convertirse en una señal política de primer orden.

El efecto fue inmediato. El nombre de Rafa Marín comenzó a circular con mayor fuerza en los círculos de decisión, en las mesas de análisis y en la lectura fina de la sucesión. No porque haya levantado la mano, sino porque fue colocado —sin aspavientos— en el radar de lo viable, lo confiable y lo funcional para el proyecto de continuidad.

Esto ocurre en un momento particularmente sensible para Morena en Quintana Roo. El movimiento no solo enfrenta el reto de conservar la gubernatura, sino de hacerlo sin cargar con pasivos políticos, escándalos de corrupción o perfiles que contradigan el discurso de austeridad, honestidad y transformación. En ese escenario, los aspirantes que arrastran señalamientos, compromisos con grupos de poder local o antecedentes poco claros se convierten, más que en activos, en riesgos.

Rafa Marín aparece entonces como el llamado “caballo negro” no por improvisación, sino por contraste. Frente al ruido, ofrece resultados. Frente a la ambición desbordada, ofrece disciplina institucional. Frente a la política de ocurrencias, ofrece administración probada. Y eso, en una entidad donde el poder históricamente se ha confundido con botín, tiene un valor político enorme.

No es menor tampoco su condición de fundador del movimiento en el estado, un detalle que cobra relevancia en una coyuntura donde Morena busca cerrar filas, evitar fracturas internas y apostar por perfiles que garanticen gobernabilidad antes que espectáculo.

La sucesión en Quintana Roo aún no está definida en términos formales, pero el tablero ya se mueve. Y en ese tablero, Rafa Marín no corre al frente, pero tampoco se queda atrás. Avanza en silencio, con el respaldo de los resultados y con una señal clara desde el centro del poder: hoy, más que nunca, la candidatura no será para quien más se exhiba, sino para quien menos costos genere y más certidumbre ofrezca.

En política, el caballo negro no siempre es el que sorprende al final, sino el que llega intacto cuando los demás ya se desgastaron en la salida.

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